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¿POR QUÉ NOS SENTIMOS TAN ABRUMADOS RESPECTO AL “NARCO”?

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Durante años se nos ha repetido que América Latina enfrenta un gran enemigo: el “narco”. Según esta narrativa, enormes organizaciones criminales controlan territorios, acumulan fortunas gigantescas y aterrorizan a la población mediante la violencia. Sin embargo, cuando se observa con más detenimiento la historia reciente de la llamada “guerra contra las drogas”, la explicación resulta mucho más compleja.

Desde mediados de la década de 2000, varios países de la región, particularmente México y Colombia, adoptaron estrategias de seguridad basadas en la militarización para combatir el narcotráfico. La idea era la confrontación directa: desplegar fuerzas armadas, capturar a los grandes capos y desarticular las organizaciones criminales. No obstante, los resultados han sido contradictorios. Lejos de desaparecer, la violencia se ha expandido, mientras el número de muertos y desaparecidos ha aumentado.

En paralelo, se consolidó una narrativa pública muy específica sobre el fenómeno. Los medios de comunicación comenzaron a difundir historias detalladas sobre “cárteles”, sus líderes, sus territorios y sus fortunas. Series de televisión, películas, canciones y reportajes construyeron un imaginario donde el narcotráfico aparece como una red poderosa dirigida por capos casi míticos. En ese relato, policías, soldados y agencias internacionales aparecen como los protagonistas de una lucha permanente contra estos criminales.

Sin embargo, varios investigadores han señalado que esta imagen simplifica demasiado la realidad. En términos estrictos, un “cártel” es una alianza de empresas que se ponen de acuerdo para controlar un mercado. En el caso del narcotráfico, lo que suele encontrarse en la práctica son redes más fragmentadas y cambiantes de traficantes que a veces cooperan y a veces compiten entre sí. Algunos analistas sostienen que el uso constante del término “cártel” contribuye a construir la idea de un enemigo único y claramente identificable. Al mismo tiempo, la llamada guerra contra las drogas ha coincidido con procesos más amplios: la militarización, la expansión de proyectos extractivos y el desplazamiento de comunidades. En muchos lugares donde la violencia es mayor también se desarrollan proyectos mineros, energéticos o de infraestructura.

También debe analizarse dentro de un contexto político, económico y geopolítico más amplio. La narrativa del “narco”, ha servido para explicar la violencia como un conflicto entre delincuentes, mientras problemáticas como la militarización, la intervención internacional o la reorganización económica de ciertos territorios quedan fuera del debate público. Comprender esta complejidad no significa negar la existencia del tráfico de drogas ni sus efectos sociales. Más bien implica reconocer que la violencia que atraviesa a varios países de América Latina es el resultado de intereses imperialistas y disputas por el control del territorio.

En ese sentido, el desafío no es sólo combatir el narcotráfico, sino también comprender las estructuras políticas y económicas capitalistas que permiten que esta guerra se prolongue durante décadas sin resolver sus causas de fondo.